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Esta fortificación, construida entre 1878 y 1919 en la cima del monte Ezkaba, horadada en la roca, enterrada y protegida, se convirtió en prisión tras el levantamiento revolucionario de 1934. Miles de hombres, la mayor parte presos políticos, fueron encarcelados y hacinados en ese lugar, en condiciones deplorables. Tras la insurrección militar de 1936, el número de personas reclusas aumentó exponencialmente, y se estima que pudieron ser más de 7.000. Desde 1940 hasta su cierre en 1945 fue utilizada como sanatorio penitenciario.
No hay un dato exacto de los fallecidos en relación al penal, pero distintas fuentes cuentan por centenares los presos asesinados, desaparecidos o que murieron por las durísimas condiciones en las que transcurría su vida allí.
En 2001, el fuerte, propiedad del ejército, fue declarado Bien de Interés Cultural por la Dirección General de Bellas Artes.
Historia
El Fuerte de San Cristóbal o Fuerte de Alfonso XII fue construido en la cima del monte Ezkaba entre los años 1878 y 1919. Levantado con un carácter defensivo, nunca llegó a ser utilizado para ese fin, al irrumpir la aviación como elemento bélico. Su uso real fue como cárcel o penal entre los años 1934 y 1945. Dinamitada la cumbre del monte para que la fortaleza quedara enterrada, tras la construcción se cubrió de muros de piedra de hasta dos metros protegiéndola así del fuego artillero. Entre los años 1919 y 1934 el Fuerte fue una prisión militar destinada a una pequeña guarnición de presos y militares.
Su primer uso como penal data de finales de 1934, en el contexto de la huelga revolucionaria de ese año, durante el bienio radical-cedista, con el fin de encerrar a centenares de presos que participaron en ella. En los primeros meses ingresarán más de 800 presos de diferentes lugares del Estado Español por motivos políticos. Según relata el Diario de Navarra de 22 de noviembre de 1934, en esas fechas tenía alrededor de 1.600 reclusos.
La dureza con que se trataba a los presos políticos de 1934 y las pésimas condiciones de vida tuvieron eco en todo el Estado. La muerte de un militante de la CNT de Santander en 1935 provocó un gran escándalo y se empezaron a denunciar las condiciones de vida existentes en el Penal. Las protestas crecieron en todo el Estado, produciéndose un motín en el Fuerte que fue reprimido, mientras en Pamplona era secundado ampliamente un paro general. Será en enero de 1936 cuando muchos de estos presos sean trasladados a otros centros penitenciarios.
Con la insurrección militar de julio de 1936 el Fuerte se volvió a utilizar como prisión para presos políticos. En los dos primeros meses ingresaron, sobre todo, presos gubernativos navarros, y a partir del 24 de noviembre, empezaron a ingresar presos republicanos de otras comunidades.
En noviembre de 1937 hay 2.300 presos, algunos procedentes del frente del norte. La tipología de presos que hubo durante los años de la contienda era en su mayoría presos políticos, aunque también había profesionales cualificados y funcionarios detenidos por su lealtad a la República. Solo un 7% de presos eran “comunes”.
En 1938 tenía 2.487 reclusos, cifra que va disminuyendo hasta los 360 que tenía en el año 1943. Fueron más de 7.000 los hombres ingresados en este penal en el periodo que va desde 1934 hasta 1940. A partir de este año y hasta el año 1945 el penal fue utilizado como sanatorio penitenciario.
Durante las primeras semanas posteriores al golpe de estado militar hubo ejecuciones en el Fuerte. Se trataba de presos encarcelados por orden del gobernador militar o civil, simplemente por ser sospechosos. A muchos se les “dejaba en libertad” para asesinarlos posteriormente a escasos metros de la entrada al Fuerte.
Las condiciones de vida en esta fortaleza-penal eran inhumanas: hambre, enfermedades, violencia, humedad, piojos… Este escenario hizo que numerosos presos fueran fraguando una fuga que se materializó la tarde del domingo 22 de mayo de 1938. En media hora, se abrieron las puertas del Penal y prácticamente la totalidad de las personas recluidas salió del mismo. 795 presos huyeron, de los cuales 206 fueron asesinados y 14 fusilados en agosto de 1938. Tan solo tres consiguieron alcanzar la frontera con Francia.
En su última etapa, el Fuerte fue utilizado como sanatorio penitenciario para tuberculosos, una enfermedad con gran incidencia durante la guerra y posteriormente.