La Fortificación del Pirineo se extiende a lo largo de casi 500 kilómetros, desde el Cantábrico hasta el Mediterráneo. Solo en el área de Gipuzkoa y Navarra se levantaron 1.836 búnkeres. Mediante estas construcciones, el franquismo pretendía que los Pirineos se convirtieran en una barrera infranqueable, construyendo para ello centenares de fortificaciones que cubrieron de hormigón sus laderas y valles. El objetivo era defender la Nueva España ante eventuales invasiones desde Francia. Miles de trabajadores, en su mayoría prisioneros del franquismo, fueron obligados a participar en su construcción en terribles condiciones de miseria y violencia.
El proyecto Frontera fortificada en el Pirineo navarro, dentro del programa Escuelas con Memoria, tiene por objeto la recuperación de aquellos búnkeres a través de campos de voluntariado juvenil, en un trabajo que aúna memoria y revisión crítica del pasado.
Historia
Desde el inicio de la Guerra Civil española, los sublevados mostraron gran interés por controlar la frontera francesa. Soldados, milicias de Falange y Requeté patrullaron los pasos fronterizos y la muga, iniciando así décadas de fuerte presencia militar en todo el Pirineo. Hasta 1945, el franquismo levantó miles de estructuras militares, utilizando como trabajadores forzados a prisioneros políticos, con el objetivo de fortificar el Pirineo y así evitar el ataque de los aliados. Estructuras que, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, adquirieron una dimensión mayor extendiéndose también hacia el norte con el “Muro Atlántico”; fronteras de hormigón para blindar dos regímenes fascistas que pretendían ahogar los procesos democráticos europeos.
Una vez concluida la Guerra Civil, cientos de miles de personas son detenidas y hechas prisioneras, pasando por cárceles y campos de concentración. En el caso español, más de 100.000 prisioneros trabajaron en batallones dependientes de la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros hasta 1945. Muchas de esas personas se convirtieron en trabajadores forzados y levantaron las fortificaciones del Pirineo. También formaron parte de esta mano de obra forzada las unidades militares compuestas por soldados de leva que tenían que soportar un largo servicio militar.
El nuevo régimen quería convertir al Pirineo en una barrera infranqueable y construyó para ello centenares de fortificaciones con el objetivo de defender la Nueva España ante posibles invasiones desde Francia. Esta fortificación se levantó en dos grandes fases: la primera (Organización Defensiva de la Frontera Pirenaica), que abarcaba la frontera del área vasco-navarra y el Pirineo Catalán y que se llevó a cabo en 1939; y una segunda (Organización Defensiva del Pirineo), que se inició a partir de 1944 y comprendía el conjunto del Pirineo. El final de la Segunda Guerra Mundial aceleró los trabajos de esta segunda fase que durará hasta 1958. Estructurada a través de 169 Centros de Resistencia, se prolonga durante casi 500 kilómetros desde el Mediterráneo hasta el Cantábrico. En el área de Gipuzkoa y Navarra se levantaron 1.836 búnkeres (de los 2.884 inicialmente previstos) y en Catalunya 2.853. Con el objetivo de unir los diferentes valles pirenaicos de este a oeste, y de facilitar el acceso a los propios búnkeres; la construcción de carreteras y de pistas de montaña adquiría una relevancia fundamental.
Todas estas labores realizadas por prisioneros se llevaron a cabo con planificación pública, pero dejando al mismo tiempo importantes beneficios privados. En el caso de la Fortificación del Pirineo, es el ejército quien planifica y dirige el desarrollo y ejecución de todos los trabajos. Al mismo tiempo, se tejieron redes de corrupción y tráfico de influencias que generaron grandes beneficios particulares para empresas privadas y para oficiales del ejército.