Búnkeres de Aezkoa
Perfil de Elevación
Fronteras de Hormigón propone un viaje por la Fortificación del Pirineo navarro, una impresionante infraestructura defensiva construida en el contexto de la Guerra Civil española y de la II Guerra Mundial. Sus rutas se nos presentan como cicatrices de un pasado violento y traumático que se inició con el golpe militar de 1936. Recorriéndolas, nos podemos acercar a las motivaciones estratégicas del franquismo para construir semejante sinrazón. También a las condiciones de miseria y violencia que sufrieron quienes fueron obligados a levantarla.
Fronteras de Hormigón propone un viaje por la Fortificación del Pirineo navarro, una impresionante infraestructura defensiva construida en el contexto de la Guerra Civil española y de la II Guerra Mundial. Sus rutas se nos presentan como cicatrices de un pasado violento y traumático que se inició con el golpe militar de 1936. Recorriéndolas, nos podemos acercar a las motivaciones estratégicas del franquismo para construir semejante sinrazón. También a las condiciones de miseria y violencia que sufrieron quienes fueron obligados a levantarla.

CONSTRUYENDO LA “FRONTERA INFRANQUEABLE” PIRENAICA
Desde el inicio de la Guerra Civil española, los sublevados mostraron gran interés por controlar la frontera francesa, en previsión de una eventual invasión aliada. Soldados, milicias de Falange y Requeté patrullaron la muga, y se construyeron centenares de fortificaciones en sus laderas y valles, dando inicio a décadas de fuerte presencia militar en todo el Pirineo al querer convertirlo en una barrera infranqueable.

UN TERRITORIO BAJO CONTROL
Desde el mismo golpe de estado del 18 de julio de 1936, el mando sublevado estableció un férreo control sobre la frontera y por ende sobre las principales vías de comunicación con la misma. Este control se iría ampliando hacia las zonas conquistadas y tras el final de la guerra se mantendría durante toda la dictadura, siendo especialmente asfixiante en los años 40, en el contexto de la II Guerra Mundial y el aislamiento del régimen. Desde puntos de control militarizados en las carreteras, hasta patrullas fronterizas o limitaciones en el movimiento de personas en una amplia franja, unido a la presencia de amplios contingentes militares y policiales a lo largo de la frontera, tuvieron un impacto importante en la vida de los pueblos pirenaicos. Además de prohibir los desplazamientos, el cruce de la frontera o la caza, se exigían salvoconductos especiales que había que pagar y se controlaban las comunicaciones, correspondencia y actividades sospechosas de la población. El propio alojamiento de tropas en casas particulares, edificios públicos, hoteles, etc. durante estos años no haría sino aumentar este control político-social, haciendo sentir a la población la mirada inquisitorial del régimen sobre cualquier aspecto de sus vidas.

CAMPAMENTOS
A lo largo del Pirineo, se fueron levantando decenas de campamentos en relación con la construcción de las obras de fortificación. Al principio, los destinados a alojar a los Batallones de Trabajadores, eran su mayoría barracones de madera y chapa. Los que se hicieron en la segunda fase, a partir de 1942, consistían generalmente en barracones de planta rectangular con tejado a dos aguas y paredes de bloque de hormigón, para alojar a soldados de reemplazo. Generalmente, los diferentes barracones y edificios auxiliares (cuerpo de guardia, enfermería, cocina, etc.) se alineaban de manera ordenada ocupando un espacio llano o aterrazado. En el caso del campamento asociado a la construcción de estos Centros de Resistencia (206 y 207) se situaba en la zona de Arrazola, ocupando algo más de 7.000 m². El número de barracones en los campamentos aumentó entre 1945/46 y 1956/57. Habitualmente tenían 6 de unos 10 m de largo y se añadieron otros 4 o 5 barracones más de unos 30 m de largo, además de una serie de edificios auxiliares. A partir de los años 60 se tienden a abandonar, manteniendo únicamente una parte de los edificios. Desde los años 80 caen en un abandono total, siendo en muchos casos desmantelados o cedidos a particulares o ayuntamientos, frecuentemente tras desmontar las cubiertas de chapa o uralita que se revendían.

LA FORTIFICACIÓN DEL PIRINEO Y LAS POLÍTICAS PÚBLICAS DE MEMORIA
Ocultas entre la maleza, estas estructuras de hormigón que salpican la frontera pirenaica emergen como una oportunidad para impulsar políticas públicas de memoria que, partiendo del conocimiento de los procesos traumáticos y de violencia política del pasado y del presente, fortalezcan y transmitan valores democráticos. Políticas sustentadas en el respeto a los derechos humanos a partir de una memoria crítica hacia quien se alzó contra la legalidad de la II República y basó su gobierno en la represión y la violencia.